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martes, 23 de octubre de 2007

La familia, escuela de valores

El niño es como una esponja que absorbe todo lo que se pone junto a su piel. Si a su lado encuentra cariño, será un niño cariñoso. Si a su lado encuentra vinagre, será un niño “avinagrado”. Mucho, muchísimo, depende de lo que le ofrecen quienes son responsables de su educación.

Los primeros encuentros de un niño se realizan en el seno de la familia y, más en concreto, en el contacto frecuente con la madre. La madre es la máxima “comunicadora” con el hijo, incluso desde el periodo embrionario, donde el contacto entre ella y el feto es de una riqueza enorme.

Existen estudios que muestran cómo el afecto materno en el periodo de la gestación puede llegar a influir en la vida de quien marcha hacia el esperado nacimiento. Además, desde el momento en el que el feto desarrolla el sentido auditivo, es capaz de escuchar la voz de su madre, y se habitúa al ritmo del latido del corazón, que es, quizá, el origen de nuestro entusiasmo ante los pasodobles y músicas interpretadas según el compás binario...

Ya en la gestación

Después del parto, la madre sigue ocupando un papel privilegiado. En muchos pueblos todavía la lactancia se prolonga durante varios meses, e implica un encuentro cara a cara entre ese par de ojos que es un niño de pocos kilos, y la mirada tierna y amorosa, llena de afecto y de esperanza, de quien le dio a luz.

Desde el nacimiento y con el pasar del tiempo los contactos se van abriendo a más personas. En primer lugar, al padre, que comparte con la madre las fatigas y sobresaltos de las primeras semanas (y meses) y que besa y ama a quien es su hijo e hijo de su esposa. Luego, a los hermanos, los abuelos, los tíos y primos... Los lazos familiares van marcando las primeras experiencias y relaciones de quien entra en el mundo adulto lleno de ilusión y con un gran espíritu de “absorción”.

Los contactos iniciales marcan profundamente la vida del hijo y lo introducen en el mundo de los valores. La generosidad se aprende en el continuo constatar la disponibilidad del pecho de mamá para las horas (más inverosímiles) de comida o cena. La alegría se aprende de las sonrisas que aquí y allá van dibujándose en los rostros de quienes se acercan a la creatura y contemplan sus ojitos sorprendidos y curiosos. La justicia entra en la conciencia del niño cuando “descubre” cómo el padre y la madre se reparten las tareas de la casa, y cómo se mantienen firmes ante una indicación o mandato que no cambia por más sonoro que sea el llanto del hijo (cuando ese llanto obedece sólo al capricho y no a una auténtica necesidad personal); o cuando ve una coherencia entre lo que dicen sus padres (“es malo ver este programa de televisión”, “si fumas te arruinas los pulmones”) y lo que hacen.

En las primeras etapas

El desarrollo de la propia vida ética depende también de otros factores, y se va configurando a lo largo de los años de la infancia, niñez, adolescencia, primera (y segunda) juventud, e incluso en la misma edad adulta. Pero lo que se ha sembrado dentro del hogar resulta ser de un valor extraordinario, muchas veces decisivo para el resto de la vida.

Por eso una familia que quiera un hijo feliz, un hombre maduro, debe prestar atención a esas primeras etapas, debe tomar conciencia del milagro maravilloso que se opera ante sus ojos: el ingreso en el mundo de los valores de un ser que mañana podrá ayudar, quiéralo Dios, a otros nuevos hombres y mujeres a ser felices como lo fue él gracias a unos padres que se amaban y que leamaban.

Fernando
Pascual
andalucialiberal.com

viernes, 5 de octubre de 2007

Familia y escuela: Constructoras de libertad

Sabemos que familia y escuela son básicas para educar buenos ciudadanos. ¿No os parece que estamos en un tiempo estupendo, para reconocer lo crucial de una participación activa de los padres en la escuela? Además de remarcar la importancia del ideario de cada centro, sea público o privado, como sello de calidad y transparencia. Así, en real sintonía, se pueden realizar proyectos comunes, esfuerzos compartidos, estrategias eficaces para el desarrollo integral de niños y jóvenes. Como dice un buen amigo, los padres mejoramos con los hijos.

En lo que respecta a Educación para la Ciudadanía, algunos padres delegarán tranquilos pues el libro de texto que han conseguido en su colegio es muy «adecuado». Otros, tal vez estén aún más tranquilos, pues quizás el mismo colegio ha coordinado la programación de esta materia de tal forma que la puedan impartir algunos padres y madres de familia de ese mismo colegio, capacitados para ello. Pero, desgraciadamente, eso no va a ser lo habitual.

Es por ello, que ahora parece que entendemos, aún mejor, y es de agradecer, la postura de muchos padres que ceden pero no conceden, aunque se les asegure para sus hijos una Educación para la Ciudadanía filtrada en sus contenidos más ideológicos. Es claro que no buscaríamos la verdadera libertad si no defendiésemos también la de los demás. Padres y profesores también podremos ser en esto buen ejemplo de ciudadanía. Cada uno verá si la objeción de conciencia puede ser el mejor medio para defender unas convicciones morales propias, que no sean obligadas ni limitadas por nadie.

Una postura sensata y constructiva sería reconocer y afianzar, al menos, dos puntos de encuentro entre las diversas tendencias político-educativas, para acercar posturas enfrentadas. ¿A ver qué os parecen? Estos puntos son: La tutoría y los contenidos de actitudes valores y normas que ya se trabajan en los centros educativos.

Está comprobado que la tutoría es un medio estupendo para la mejora personal de niños y jóvenes. Tiene mucho que ver con lo académico y con las virtudes y valores que se pueden transmitir en los centros educativos, por delegación de los padres. Es de gran eficacia para educar buenos ciudadanos.

El otro tema en común es que en los centros educativos, públicos y privados, ya se estructuran y proponen objetivos curriculares de formación en actitudes, valores y normas. Se trabajan de manera transversal y también en temas concretos desarrollados en las diferentes asignaturas. Además, los conceptos más destacados se comentan en asambleas de curso, en reuniones con padres de alumnos y se siguen, individualmente, en las tutorías.

Considero que en los procedimientos-actividades para trabajar estos riquísimos contenidos —habilidades sociales, inteligencia emocional, afectividad, principios de solidaridad, democracia e igualdad, civismo, cuidado de la naturaleza, educación vial y de consumo, etc., etc.- hemos de avanzar muchísimo todavía.

Por supuesto, tener más medios humanos, materiales y de tiempo para la atención personalizada a los alumnos, facilitaría en gran manera el salto de calidad que se necesita.

Esta readaptación en ejes transversales de contenidos, podría ayudar a centrar el tema de la educación en valores, tanto a la administración educativa, como a los centros, a los padres y a los profesores y alumnos. Tendríamos en las manos un ilusionante objetivo común, que seguro estimularía a unir fuerzas y evitaría contenidos impropios para nadie.

Esos conceptos y sus procedimientos-actividades, serán más o menos adoctrinadores según el ideario del centro escolar y del profesor en concreto. Pero, no por ello dejan de colisionar con el derecho prioritario de los padres a la formación moral de sus hijos.

Por eso, quiero decir que en Educación para la Ciudadanía urge reclamar unos contenidos diferentes, que se ciñan a la Constitución y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero que no entren en valoraciones morales.

Sea como sea, evitemos prejuicios. No es un enfrentamiento entre Religión y Ética civil. Es, ante todo, querer posicionarse a favor de la libertad de pensamiento, defenderse ante la invasión de unos derechos fundamentales protegidos expresamente en nuestra Carta Magna.

Incluso aunque fuera opcional, esta Educación para la Ciudadanía pone todo el peso y la preferencia del poder a favor de una concreta opción moral y antropológica. Si la aceptasen así los gobernantes y los poderes públicos en general, quienesquiera que fueran en cada momento histórico, renunciarían a su misión de garantizadores de la libertad ideológica de todos los ciudadanos. Y los padres y madres de familia cederíamos en nuestro derecho-obligación de ser parte principalísima en la educación de nuestros hijos.

Como es seguro que esto último no ocurrirá e imperará la sensatez, las aguas podrán volver a su cauce. Así, dedicaremos todos más energías para educar buenos ciudadanos, ayudando y dejándonos ayudar.

Emili Avilés. Padre de familia numerosa. Profesor especialista en pedagogía terapéutica.
Subdirector de Educar es Fácil.
conoZe.com
18.IX.2007

martes, 18 de septiembre de 2007

Abuelos, hijos y nietos

Cuando tenemos más días de descanso aumentan las ocasiones de trato con familiares y especialmente entre abuelos, hijos y nietos. La calidad de esta convivencia intergeneracional será una buena muestra de cómo estamos construyendo un mundo mejor para los que, tarde o temprano, nos van a relevar en esta vida.

Seguro que estaremos de acuerdo en que nunca será suficiente una relación “de mínimos” entre abuelos, hijos y nietos. Y es que tenemos el sentido común para entender la equidad como la perfección de lo igual. Es una forma de mejorar o asegurar lo justo formulado por las leyes.

Recordemos que en una sociedad verdaderamente justa, los principios de equidad e igualdad no se anulan uno al otro. Ambos se aplican porque son interdependientes: ninguno es suficiente sin el otro. En una sociedad de iguales donde no hay equidad, habrá una igualdad restringida porque todos somos diferentes desde el punto de vista biológico, social y cultural, y necesitamos cosas distintas en tiempos distintos. De ahí que no en todas las circunstancias la equidad entre generaciones se manifiesta de la misma manera.

Tenemos claro que lo que se pasa de abuelos a hijos y de éstos a nietos no es una mera acumulación de conocimientos o bienes. Es, intentemos que sea, además, una transmisión de valores, una dinámica de mejora integral de la persona y su entorno. Este incremento debería generar una extensión de “vida buena” en todos los ámbitos de las relaciones humanas: política, educación, economía, ciencias, ecología, etc.

La importancia de la convivencia

Considero que la mejora de la generación siguiente tiene mucho que ver con la cohesión familiar, ya que es la familia medio eficacísimo de atención desigual, y desiguales somos las personas. Así, ocurre que la riqueza global que se transmite, queda asegurada por el vínculo estrecho y sincero entre una generación y otra.

Vemos evidente la necesidad de más trato, más convivencia entre padres e hijos. Pero no perdamos ocasión también para que nietos, hijos y abuelos compartan entre todos ellos tiempo libre y descanso, juegos y conversaciones que, aunque sean “batallitas”, correcciones o pequeñeces de unos u otros, alimentarán una estima y comunicación valiosísimas para el futuro de todos.

La prudencia, experiencia vital, comprensión y ternura –contra toda adversidad o desánimo– que muestran muchas abuelas y abuelos, pueden compensar de manera extraordinaria las tensiones y precipitaciones de los adultos, pues a veces nos vemos condicionados por la “urgencia” del momento o la falta de perspectiva vital.

Para tener perspectiva

En todo caso, abuelos y padres acordarán los medios para evitar desautorizaciones hacia éstos últimos, y también para superar la excesiva protección de los más mayores sobre los nietos.

La fragilidad, limitaciones y necesidades extraordinarias de la ancianidad pueden resultar una auténtica carga. Pero no es la persona anciana en sí una carga, sino sus circunstancias de edad o enfermedad. Por ello, la familia puede y debe unirse y reunirse en torno a los ancianos, sean más o menos capaces, como también se solidariza con un enfermo de 20, 30 ó 40 años.

Además, reconozcamos la importancia que tiene para los niños el hecho de poder situarse, en el tiempo, respecto a sus ascendentes, saber de primera mano experiencias antiguas y fascinantes, conocer sus raíces.

Seguro que podemos construir un diálogo más comprensivo y fluido. Convertiremos el conflicto que pueda aparecer en cooperación. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, nos sabremos miembros de un maravilloso equipo que extiende su siembra de felicidad –con dificultades, por supuesto– a lo largo de la historia humana, generación tras generación.

Emili Avilés i Cutillas
Mujer Nueva

domingo, 5 de agosto de 2007

Los niños y la televisión ¿Que uso le doy a la televisión?

1) Para saber

Hace poco hubo en Roma una Jornada Mundial de la Comunicaciones, en la que intervino el Papa Benedicto XVI. Ahí se trata de proponer soluciones a los problemas que originan los medios de comunicación. Uno es el uso inadecuado de la televisión. El Papa hizo hincapié en la importancia del cuidado que se ha de tener, especialmente cuando la utilizan los niños.

Recibí la oración, que podría ser de un niño, que apunta a este uso, o abuso, que suele tenerse, y que transcribo a continuación.

"Señor, acudo a Ti para pedirte algo que no te costará trabajo, pues eres Dios. Creo que esto no será muy difícil. Tú que eres bueno y proteges a todos los niños de esta tierra, hoy quiero pedirte un gran favor, sin que se enteren mis padres. Transfórmame en un televisor, para que mis padres me cuiden como lo cuidan; para que me miren con el mismo interés con que mi mamá mira sus telenovelas preferidas o mi papá ve sus deportes favoritos. Incluso mi hermano me golpea por apartarla.

Quiero sentir sobre mi la preocupación que experimentan mis padres cuando la televisión comienza a fallar y rápidamente llaman al técnico. Quiero hablar como ciertos animadores que cuando lo hacen, toda mi familia calla para escucharlos con atención, sin interrumpirlos. Deseo ver a mi Madre tan atenta frente a mí como lo hace cuando ve las ofertas o consejos de belleza que le sugieren. O quisiera ver reír a mi Padre como lo logra el humorista o comediante de moda, con chistes que no entiendo. Quiero simplemente que me crean cuando les cuento mis historias de fantasías diciendo: ¡Es cierto! Lo vi en la tele."

2) Para pensar

Habría que pensar cómo es nuestra actitud ante la televisión, pues hay el peligro de ponerle menos atención a las personas que están a nuestro lado.

Si bien, el mismo adulto ha de saber cuidar todo aquello que mira en la televisión, en el caso de los niños adquiere mayor importancia al estarse apenas formando su personalidad, pudiendo adquirir formas inapropiadas en su pensar y en su obrar.

El Papa señalaba que no es posible dejar a los niños solos ante los medios de comunicación, pues siendo tan atractivos lo que reciben, a veces les lleva a confundir la realidad con la ficción. En ocasiones habrá que acompañarlos, o por lo menos enterarse de lo que ven, para poder dialogar al respecto.

Una medida de prudencia, el Papa apuntaba, es la necesidad de ser selectivos, de modo que piensen y elijan con acierto qué mensajes, qué programas, qué videojuegos son óptimos para su formación. Así los pequeños no serán arrastrados hacia temáticas y enfoques empobrecedores y engañosos que les deteriora y deprime.

Pensemos si vemos todo lo que nos dan o sabemos elegir lo adecuado.

3) Para vivir

Se trata de que aprendan a elegir aquello que les construye y les hace crecer en el bien y la alegría: "La belleza, que es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes, mientras que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos"", dijo el Papa en su mensaje.

El Papa lanzó además "una fuerte invitación a los responsables de los medios para que pongan en primer lugar el respeto a la persona humana".

Aunque los operadores de los medios se ven sometidos a intensas presiones comerciales, sin embargo importa mucho cuidar el bien común, preservar la verdad, proteger la dignidad humana individual y promover el respeto por las necesidades de la familia.

(*) José Martínez Colín es sacerdote, Ingeniero en Computación por la UNAM y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.

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